Cuento corto el pescadorcito Urashima

Cuento corto el pescadorcito Urashima

Urashima subió a su bote con el propósito de ir a pescar, no sólo para qué familia tuviera algo que comer, sino porque era su profesión. Extendió su red sobre las mansas aguas y aguardó hasta que algo muy grande casi hace que vuelque la embarcación.

Se trataba de una tortuga gigante con el caparazón tan duro como una piedra. En eso recordó las palabras que le había dicho alguna vez su hermano: “Las tortugas son animales sumamente nobles que además tienen la capacidad de vivir por más de diez centurias”.

– No voy a asesinar a esa criatura tan fascinante. Abriré mi red y aguardaré hasta que caigan los peces.

Así lo hizo y esperó hasta que el sol que para esa hora de la mañana caía a plomo lo venció obligándolo a quedarse dormido. Pese a ello, despertó asustado pues escuchó un fuerte golpe en su barco.

Abrió los ojos y miró a una muchacha que le dijo:

– Hace rato capturaste a una tortuga y la dejaste escapar. Ese era el disfraz que utilicé para saber si tú Urashima eras digno de mi cariño o simplemente te comportarías como el resto de los pescadores de esta isla. Ven conmigo, viviremos felices en el fondo del mar.

El pescadorcito quedó hechizado con el tono de voz de la joven (que más bien se asemejaba a una sirena) y la siguió sin importarle las consecuencias que eso acarrearía más adelante.

La boda se celebró y vivieron por más de 1000 días debajo del mar, disfrutando de unos escenarios que casi ningún mortal ha podido apreciar. Por ejemplo, las paredes del palacete estaban cubiertas de las más finas perlas y corales.

Las vajillas y recipientes eran de oro puro y los trajes estaban confeccionados con escamas de dragones y peces que en el mundo de los humanos se creían extintos.

Sin embargo, Urashima una noche le dijo a su pareja que debía regresar al menos para visitar a su familia, ya que los extrañaba sobremanera.

– No te recomiendo que vayas, tal vez te pierdas en el camino.

– Eso me dices porque aquí tienes a los tuyos. Más yo también necesito ver a mis seres queridos. Le reprochó Urashima.

– Puedes ir cuando te plazca, más hay una cosa que te quiero dar antes de que partas. Bajo ninguna circunstancia vayas a abrir este cofre de madera, pues si lo haces no habrá poder místico que te haga volver a mis brazos. Le expuso su esposa.

El pescadorcito escuchó vagamente esa advertencia y se dispuso a subir a la superficie. Cuando llegó arriba vio que el paisaje había sufrido una transformación drástica. No me mal entiendan, cosas como los ríos, mares e incluso las cordilleras continuaban allí, pero las chozas se habían desvanecido.

El hombre tocó tierra firme y fue a preguntarle a un lugareño que reposaba.

– Discúlpeme, me podría decir por favor donde queda de Urashima. De acuerdo con mi orientación, la morada debería estar aquí pero quizás me equivoqué al hacer los cálculos. Dijo el pescadorcito.

– No amigo, no se equivoca aquí vivió una vez un hombre llamado Urashima, pero de eso ya han pasado más de cuatro siglos. Ahora las mujeres de la zona les platican cuentos a sus hijos sobre cómo ese muchacho fue tragado por el mar.

Urashima quedo devastado al darse cuenta de que su familia había fallecido. Sin pensarlo abrió la caja de madera y una nube salió de su interior desvaneciéndose en el horizonte. Súbitamente, su cuerpo se transformó en algo decadente y murió casi al instante.